viernes, 17 de abril de 2009

Levantar el secreto bancario propone el G 20. ¿Se le podrá creer?

Poner fin al secreto bancario.

Esa es una de las medidas que decidió adoptar el grupo del G 20, las 20 potencias capitalistas del mundo, para enfrentar la crisis financiera y económica que aflige al planeta.

Los bancos y entidades financieras internacionales operaron a su libre albedrío dentro del sistema neoliberal, de libre mercado, conque se pretendió globalizar al mundo y, como resultado de ese accionar incurrieron en corrupción y en gruesos errores que precipitaron la crisis.

Ahora ya no se quiere que esas entidades actúen con la misma libertad e impunidad con que lo hicieron hasta el momento y, para ello, se determinó imponer algunos controles y, además, en alguna medida, levantar el secreto bancario.

No significa que, exactamente, se obligará a los bancos a dar a conocer todos sus movimientos financieros, sino a prestar informes globales periódicos y a alertar en caso de la aparición de cuentas sospechosas.

Algunos países mostraron predisposición para aceptar la norma, pero otros, como Austria, Suiza, Luxemburgo o Suiza, ya mostraron una total resistencia a acatarla.

Y es que las economías de varios de esos países se basan, justamente, en el secreto bancario.

Aceptando depósitos de dinero, sin hacer preguntas de dónde provenían, se constituyeron los llamados paraísos fiscales que favorecieron a los corruptos del mundo.

Eduardo Galeano en uno de sus extraordinarios libros, ejemplifica la forma de operar de esos países, tomando como ejemplo, justamente, a Suiza.

“Los países más ricos del mundo dice Galeano, son Suiza y Luxemburgo.

Dos países chicos, dos grandes plazas financieras.

De la minúscula Luxemburgo poco o nada se sabe.

Suiza goza de fama universal gracias a la puntería de Guillermo Tell, la precisión de los relojes y la discreción de los banqueros.

Viene de lejos el prestigio de la banca suiza: una tradición de siete siglos garantiza su seriedad y su seguridad.

Pero fue durante la segunda guerra mundial que Suiza pasó a ser una potencia financiera.

Fiel a su larga tradición de neutralidad, Suiza no participó en la guerra pero participó en el negocio de la guerra vendiendo sus servicios, a muy buen precio, a la Alemania nazi.

Un negocio brillante: la banca suiza convirtió en divisas internacionales el oro que Hitler robaba a los países ocupados y a los judíos atrapados, incluyendo los dientes de oro de los muertos en las cámaras de gas.

Por sucio que llegue el dinero y por complicados que resulten los enjuagues, la lavandería lo deja sin una manchita.

Templos de altas columnas de mármol o discretas capillas, los santuarios suizos evitan preguntas y ofrecen misterio.

Ferdinand Marcos, déspota de las Filipinas, tenía entre mil y mil quinientos millones de dólares guardados en cuarenta bancos suizos.

El cónsul general de Filipinas en Zurich era un director del Credit Suisse.

A principios del 98, diez años después de la caída de Marcos, al cabo de mucho pleito y contra pleito, el Tribunal Federal mandó a devolver 570 millones al Estado filipino.

No era todo pero algo era.

Una excepción a la regla: normalmente el dinero delincuente desaparece sin dejar rastros.

Los cirujanos suizos le cambian la cara y el nombre y se ocupan de dar nueva vida legal a su nueva identidad de fantasía.

Del dinero de la dinastía de los Somoza, vampiros de Nicaragua, no apareció nada.

Casi nada se encontró y nada se restituyó de lo que la dinastía Duvalier robó en Haití.

Mobuto Sese Seko, que exprimió al Congo hasta la última gota de su jugo, se entrevistaba con sus banqueros en Ginebra, siempre con su escolta de Mercedes blindados.

Mobutu tenía entre cuatro y cinco mil millones de dólares: sólo seis millones aparecieron cuando se derrumbó su dictadura.

El dictador de Mali, Moussa Traoré, tenía mil y pico de millones: los banqueros suizos devolvieron cuatro millones.

A Suiza fueron a parar los dineros de los militares argentinos que ejercieron el terror desde 1976.

Veintidós años después, una investigación judicial reveló la punta de ese iceberg.

¿Cuántos millones se habrán desvanecido en la niebla que ampara las cuentas fantasmas?

En los años noventa la familia del presidente Salinas de Gortari desvalijó a México.

A Raúl Salinas, hermano del presidente, lo llamaban Señor Diez por Ciento, en mérito a las comisiones que embolsaba por la privatización de los servicios públicos y por la protección a la mafia de la droga.

La prensa ha informado que ese río de dólares desembocó en el Citybank y también en la Unión de Bancos Suizos.

Seguramente se hallan también en cuentas suizas, los dineros que esquilmaron el pueblos presidentes y políticos neoliberales que gobernaron en Bolivia, o la plata que los Bánzer o los García Meza, o los Landívar, o los “Chito” Valle robaron directamente, o los millones que se entregaron como comisiones a Sánchez de Lozada, Alfonso Revollo, Carlos Sánchez Berzaín y a otros políticos que privatizaron las empresas del Estado o que entregaron el gas a las petroleras transnacionales.

¿Cuánto se podrá recuperar de toda esa plata?

Seguramente muy poco porque, como dice Galeano, en las mágicas aguas del lago de Ginebra, el dinero se zambulle y se hace invisible”.

Conociendo esos datos proporcionados por el escritor Eduardo Galeano, es difícil de creer, pues, que la medida del G 20 de correr un poquito el secreto bancario, tenga efectividad.

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